• Maite Urquiza

La conversión que nos vuelve hermanos


La noche de Navidad de 1886, cuando Teresita tenía 13 años, al volver de la Misa de Gallo con su padre y sus hermanas, “la fuente” de sus lágrimas “se secó” y se le concedió la gracia de salir de la infancia, “en una palabra: la gracia de mi completa conversión”. Ella misma confiesa que era muy llorona y mimada. Pero esa noche, Dios obró “un pequeño milagro”: al ver al Niño Jesús “débil y paciente por mi amor”, ella se volvió “fuerte y valerosa” A partir de ese día y hasta su muerte, corrió “una carrera de gigante”. Y esa carrera la volvió más cercana a todos, en especial a su hermana Celina (Manuscrito A):

La diferencia de edad ya no existía… Jesús … formó unos lazos más fuertes que los de la sangre. Nos hizo ser hermanas del alma.

La conversión de Teresita, esa Navidad de 1886 no fue un acto “solo para ella”, sino que encontró el camino del otro, en este caso, el camino de la comunidad espiritual con su hermana mayor de edad. ¿Buscamos nosotros, en nuestra conversión, en nuestra oración, ese camino de comunidad espiritual con los que nos rodean? La conversión, como nos lo enseña santa Teresita, o nos hace “hermanos del alma” con nuestros hermanos, o no es conversión.

8 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

El 2 de enero de 1889, justo el día en que Teresita cumplía 16 años –ya en el Carmelo y a ocho días de su toma de hábito—, escribe en una carta dirigida a su hermana Paulina (Sor Inés de Jesús) que es

En las últimas conversaciones de Teresita, consignadas por sor Inés (su hermana Paulina) en el Cuaderno Amarillo, sorprende este diálogo del 20 de julio de 1897. A las tres de la mañana de ese día, T